Cuando suenan las trompetas

En el principio fue un cuesco o pedo. No uno cualquiera, sino uno de esos con sonido a trompeta que parecen no tener fin. Cerró el libro que estaba leyendo: “Los libros luciérnaga”  y se levantó buscando al trompetista con la mirada. Mientras se alejaba, pensaba horrorizado en la posibilidad de que el olor nauseabundo de semejante sonido le alcanzase.

Cuando llegó al otro extremo del bar, se colocó de espaldas, intentando contener las carcajadas que pugnaban por salir de su cuerpo. Entre las convulsiones provocadas por el esfuerzo, intentó responder al grupo de clientes habituales entre los que acabó, al huir de la amenaza biológica.

Por suerte, el autor de la fechoría se fue rápidamente. Eso sí, un poquito más aliviado. Y por fin las carcajadas explotaron dentro de él, acompañadas de lágrimas de placer. Y se encontró disfrutando de algo que ya no recordaba después de los últimos dos años. La risa sincera, esa que sale de dentro, que sale por cada poro de la piel. Que hace que quien la escucha empiece a reír, aun sin saber muy bien el motivo!

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