La mano de…

Estaba en uno de esos momentos intimistas, durante los que salía lo justo de casa y se dedicaba a meditar y a comprender esas zonas negras que escondía su alma. A última hora de la tarde decidió salir a meditar caminando, era una forma de meditar que se le resistía. Empezó a andar, como siempre, su mente se situaba fuera, buscando la plena consciencia de todo cuanto era a su alrededor. Tardó medio paseo en situarse dentro y poder ver y comprender sobre si mismo. Cuando acabó el otro medio, simplemente había una gran calma, era como si su forma, su contorno, se hubiese desdibujado y mezclado con el entorno. Ya no era él quien caminaba, algo lo llevaba por las diferentes calles sin un rumbo aparente.

No se sorprendió, cuando de repente algo le hizo frenar y retroceder, mientras sacaba las monedas que había en su bolsillo y las dejaba caer dentro de la funda de un violín.

clink, clink

Sus ojos estaban cerrados, ni siquiera miró al violinista, simplemente se apoyó en la pared y sintió la música sonando suave por debajo del ruido de la calle. Estaba tocando una versión de “Solamente una vez” el bolero de Agustín Lara, o esa al menos, fue la imagen que formó su mente. Sin previo aviso, una oleada de recuerdos inundó su cuerpo, que reaccionó dejando caer unas lágrimas encontradas en su corazón. Lágrimas llenas de gratitud, por todos esos momentos compartidos y dones recibidos. Se mezclaban imágenes de su infancia con otras de las largas jornadas de su enfermedad, mientras la cuidaba e intentaba distraerla y mostrarle su amor de la mejor forma que era capaz. Y como no, el momento en que dejó de respirar, mientras él le decía dulcemente que todo estaba bien, que podía descansar tranquila, que la estaban esperando para acompañarla.

El violín dejó de sonar.

Las lágrimas seguían en sus mejillas cuando abrió los ojos, buscó al violinista que había derramado su alma en la melodía, descubrió que era una mujer y pensó:

“Quizás por eso tanta dulzura… “

mientras se acercaba para darle las gracias por ese momento maravilloso y único que acababa de vivir.

Cuando empezó a girar para seguir su camino, ella le llamó, se acercó a él sonriendo y empezó a contarle, mientras limpiaba sus lágrimas con una suave caricia, que cuando tocaba en la calle, lo hacía en una frecuencia concreta, aquella en que el sonido vibra en armonía con la vida y que normalmente sólo los niños se daban cuenta de su presencia y se paraban.

Él le dijo que también los adultos se daban cuenta, aunque la parte de ellos que podía escuchar su música estuviese escondida en el inconsciente. La miró a los ojos, y compartieron un abrazo sincero, uno de esos que se dan con el corazón y que son tan escasos hoy en día.

Y la vida siguió adelante.

Lucía Micarelli la he encontrado de casualidad, y me ha encantado el sentimiento que desprende. Parece que su fama empezó tras sus colaboraciones con Josh Groban,  Jethro Tull, y al trompetista Chris Botti en su gira,multiplicándose con su interpretación en la serie Treme, que no he visto y a la que tendré que hacerle un huequecito.
 
El video lo saqué de cssaresz.
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