Callejeros…

Cuando paseo por la calle veo un montón de gente preocupada por su aspecto, por la imagen que ofrecen a los demás. Diría que son la mayoría. Cuando los veo, es cierto, algunas de esas personas tienen un físico increíble y si son mujeres me quedo mirando a veces como un tonto. Qué se le va a hacer, también se apreciar la belleza aparente, aquella que desaparece cuando miras atentamente, porque la verdadera belleza, la interior, está oculta bajo capas y capas de muros, fosos y bestias negras y horribles.

Luego, están las personas hermosas, aquellas que brillan por si mismas, quizás porque de alguna manera se han acercado a lo que son en su interior. Han encontrado su verdadera esencia.

Estas últimas son las más difíciles de encontrar, son personas abiertas al mundo, a la vida, personas que aprecian una sonrisa de un desconocido y que pueden pararse a hablar con él con tranquilidad, sin prejuicios. Personas que saben que la vida es una sucesión de momentos irrepetibles y que aprender a disfrutar cada uno de ellos de la forma más plena posible, es lo que hace que merezca la pena.

A veces encuentro a alguna de estas personas y aunque puedes encontrarlas en todos lados si eres capaz de ver, abundan en los callejeros, esa gente que vive en la calle con poco, tocando una guitarra, vendiendo artesanía, haciendo pompas de jabón. Sí, entre ellos hay de todo, algunos tienen una vida en la que no les falta de nada y lo hacen por un motivo que yo no voy a analizar.

Hay otros, suelen ser jóvenes y viajan con sus mochilas sin dinero, durmiendo en casas ocupas, en la calle o compartiendo un piso si ganan lo suficiente. Aprovechando la ropa que otros tiran, duchándose cuando tienen ocasión o alguien del mismo grupo o que los ha conocido por algún motivo les invita a hacerlo en su casa o lavándose en cascadas o ríos y lavando la ropa cuando pueden. Compartiendo lo que tienen.

Entre ellos es donde encuentro la verdadera belleza, la que surge de ser tu mismo, de vivir libre, aceptando cada pequeña cosa que te regala la vida como un milagro único y al que no se le puede poner precio.

Suelen vivir de lo que les dan por hacer malabares, pompas, artesanía, tocar en la calle… cualquier cosa vale. Alejados del consumismo. Los que viajan así y buscan trabajo, lo encuentran en sitios donde les explotan pagándoles poco a cambio de jornadas excesivas.

He oído muchas veces a personas usar la expresión perro-flautas y otras parecidas y me parece que esas personas tienen mucho, pero mucho que aprender de ellos. Estas personas ven cosas que los demás no ven. Diría que si existiesen esas historias antiguas de dioses disfrazados de mendigos, vagabundos… algunas de estas personas los son. En este caso voy a decir sólo por una vez, que son “diosas” porque me da la impresión que es más fácil para las mujeres que para los hombres acercarse al punto de encuentro con nuestra plenitud y ganándose el derecho de volver a casa.

No tenemos que ser algo, sólo que ser.

Están también aquellos que no quieren aprender, que se cierran en sus madrigueras o en sus ambientes cotidianos y bajan las viseras de sus armaduras para no sentir, no ver, no padecer… y curiosamente son los que suelo ver más infelices y peor físicamente.

 

 

 

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